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domingo, 4 de noviembre de 2012

Cuéntote un cuento...



¡Wow! Hoy ha nacido Nico. Es un gran día para nacer :-)

El pequeño Nico y su tita Inés

Como por naturaleza soy impaciente, no puedo esperar para verle crecer y crecer, y para darle un beso y sostenerle en mis brazos (si me atrevo... :-S) y verle correr... Y quiero contarle ya cuentos antes de dormir... ¡¡aysssss!! ¡qué nervios! ¡qué alegría, qué emoción! ¡qué felicidad! :-D 

Por si acaso, y porque me apetece - sobretodo porque me apetece - quisiera contarle ya hoy un cuento :-) Así que ahí va... [a ver si algún día se lo susurro a sus ojitos pequeñitos, recién nacidos. I can't wait!!]

"Había una vez un bereber que vivía en una haima en el desierto. Era un chiquillo lleno de curiosidad por conocer el mundo entero, gigante y apasionante en el que vivía, pero solo tenía un par de camellos...

Un día, empezaron a venir gentes de todos los rincones del planeta que tenían también curiosidad por ver el mundo, y acababan llegando a su casa, uno a uno, en una ristra interminable de turismo inagotable.

Un día llegó una chica de un país cercano. Se quedó una noche, pero pareció una eternidad. Si el infinito existía, seguro entonces en esa noche abrió una puerta y ambos juntos, alegres, allí se quedaron.

Él era callado, como todo bereber que deja la actividad del comercio a su otro hermano, a su otro yo... Apenas sí hablaba en su propia lengua, esa amalgama de retazos de otras lenguas de aquí y allá... Cuando estás en el desierto le contó hay poco que decir. La inmensidad de la arena sobrepasa cualquier nimiedad relativa que contar, si la hubiera. Porque no la hay. Los días se suceden invariablemente iguales uno detrás de otro y de otro y de otro... Aquí no pasa nada prosiguió excepto la vida misma que, con su tesón, te va cascarillando la piel, te agrieta las manos, te endurece la planta de los pies... y un día, de repente, te das cuenta de que ya eres viejo ¡Pero tú todavía eres joven! le respondió ella, con los ojos alegres, llenos de vitalidad ¿Eso crees realmente? le preguntó, sonriendo suavemente Yo ya tengo miles de años... ¿no lo ves? y le mostró sus manos robustas, ásperas, hermosas. Ella las recibió en las suyas; frágiles, delicadas, recién nacidas... Y entonces, de repente, ella calló. Calló porque había hablado mucho, demasiado, siempre. Porque hablaba para creer que así entendía algo, pero no entendía nada, todavía no sabía nada. Calló y le miró a los ojos.

Y entonces él arrancó gracioso en carcajadas. Carcajadas desde la punta de los pies, que le recorrían todo el cuerpo por dentro, parando en el estómago, en el pulmón izquierdo, en la clavícula derecha, en el esternocleidomastoideo. Y le salían por la boca a raudales, por los ojos le lloraban las carcajadas. La felicidad entonces le abrumaba la cabeza y el alma.

La chiquilla no entendía nada ¿cómo iba a entender? Para llegar hasta ese momento había tenido que coger un avión, un tren, un barco ¡conducir un coche durante horas! Había sido un viaje largo, de tanto tiempo que ya ni se acordaba cuándo lo había iniciado... Así que le miraba, con ojos omopláticos, mientras él seguía riendo...

Yo también llevo mucho tiempo viajando prosiguió él cuando hubo ralentizado de nuevo su risa a una respiración perpetua que acompasaba el leve musitar del viento Mi pueblo siempre ha vivido viajando. En verdad no conozco otra forma de ser, que estar siempre de aquí a allá... seguían sus profundos ojos color miel oscura mirando en los de ella muy despacito y suave Y cuéntame inclinó la cabeza hacia abajo ¿cómo es eso de estar parada, no tenéis miedo? ...miedo... ¿de qué? acertó a decir ella miedo de olvidar dónde estáis, de que desaparezcan vuestras pisadas en la fina arena de las dunas, de olvidar dónde está el agua... !Ah! resolvió a decir ella ¡es que donde yo estoy, siempre ha habido agua!

El tiempo siguió imparable, la luna clara brillaba e iluminaba la haima que compartía el desierto todo a través de una improvisada ventana.

Siguieron mirándose, contándose, jugando, riendo... disfrutaron de estar por una noche los dos solos en el Mundo y crearon todo a su gusto, el de los dos, muy despacio y con mucho mimo.

Entonces, el plateado nocturno se fue transformando en aplatanado amanecer. Hacía frío. Pensé que en el desierto no hacía frío dijo ella, tiritando y abrazándose ¿Y por qué pensaste eso? preguntó él.  

No quiero que la noche se acabe......no te preocupes le dijo él, mientras la abrazaba para darle calor, el día pasará rápido y llenará tu cuerpo de calor y entonces, será de noche otra vez. Exactamente igual que hoy (exactamente igual que ayer)."




El bereber que vivía en una haima en el desierto y una chica de un país cercano.



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