Y ahora... ahora ando desubicada en este mundo, perdida. Contenta y a gusto de estar, sí, pero preguntándome todo el rato cuestiones no muy nuevas sino las más simples y ancestrales inquietudes banales. Todo normal. Pero la narrativa yankee me responde ideas que me equivocan, que me confunden, que me desalientan. Tanta terminología de enciclopedia para definir lo que todos los refranes populares saben. Tantos manuales de autoayuda sin atisbo de poemas. Me asfixio a veces, y el aire honesto y puro que encuentro es marginal ¡se suicida! ¿y yo? yo aquí estoy enredando el tiempo en este maravilloso espacio que es Gallaudet, y aún siendo plenamente consciente cada día de mi suerte, de mi gran suerte, Conrad, no le encuentro cabida a esta profunda melancolía. Melancolía de estar viva, y no muerta. De estar medio viva. De ansiar caminar como quien sueña con volar, constantemente y de soslayo, sin ansia. Ya apenas sí conscientemente. A veces hasta casi respirar se me olvida.
Tener esta gran capacidad desaprovechada de no poder ni saber hacer nada más que absolutamente nada. Enamorada del amor, de la vida ¡de mí! de mi cuerpo y cerebro tetrapléjico. De mi alma que aún cabalga libre y salvaje por las colinas.
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