A day/night to remember…
Postrada en la cama (soy tetrapléjica. Hola ¿¡Qué tal!?) empecé aquel eterno día.
Desayunando en mi jardincito sin creerme casi el buen tiempo que hacía. Vi a mi sobrinico recién levantao de la siesta, ejerciendo su derecho a ser llevado a que sus padres votasen (¡por Europa!) y charlé con mi amiga La Fiestas que brava pirata con parche y una hermosa son-risa me encomendó entregarme aquella misma tarde que, como no podía ser de otra manera, acabaría en noche para el recuerdo.
Primero realicé mis quéhaceres, aunque llegué ya como a destiempo, un poco tarde. Y después agarré el autobús que me llevó cerquita, cerquita de donde empieza este viaje. Meridian Park (aka. Malcom X Park).
Allá, cuenta la leyenda, hace cuarenta años se reunían cada domingo filas, ristras, de tambores que cantaban en la tierra (a, por, para, con, durante y mediante). Allá se juntaban los jefes de todas las tribus de América. Venían maestros de todos los rincones del continente, y allí invocaban la magia universal, que redentora les nutría con más domingos. Uno cada siete días.
Allí fui yo, me llevaron, cuando llegué a estas tierras. Una amiga –un ángel- que me acogió bajo su protectorado me mostró este milenario ritual un día que se produjo hermoso. Sensato. Hace ya casi dos rondas solares. // Volví de vez en cuando sola, acompañada, con compañía y en solitario. Fui viendo, descubriendo, dejándome impregnar por el sonido. Y el sonido me fue mojando…
Y cuando secó, en primavera, germinó una breve raíz. Tímida. Parecía que incluso rezagada… Salió, cual topo curioso, una noche que la Luna se encontró con esta sorta di maraviglia que era la semilla de toda la humanidad entera.
Allí estaba yo ayer. Y un druída de la zona me invitó a una gruta secreta… Yo acepté sin recelo, pero recordando que no debía demorarme demasiado, no porque yo sea una bella cenicienta, sino porque mi culo escarado necesitaba descansar de estar sentado un rato para otro viaje más largo y esperado que ya está a punto de acontecer[me].
Llegué y aquello era como los Alpes (o Apalaches :-P) ¡pero al revés! Unas escaleras interminables bajaban hasta aquellas catacumbas secretas, con guardián cancervero en la puerta que, como venía bien acompañada (parecía), me sonrió bien.
Lío de ascensores que no eran del local pero hicieron las veces de barca de Caronte y me engulleron los oscuros sonidos de tecno-music donde me vi envuelta (¿o atrapada?) de repente. Llegó Eduardo, bellísimo indígena guatemalteco que portaba un djembe tan hermoso como él. Hablamos de todo y de la muerte también, de la eternidad en un pequeño cuerpo contenida. No pude por menos de desnudarme entera, como ya estaba, y de invitarle a él también a quitarse la ropa para admirar su recio cuerpo, su portentosa fisonomía que transmitía historias de más de un millón de almas. No nos hicimos el amor, si os lo preguntáis. Solo nos compartimos dulce, suave, la mirada.
Llegó un marroquí también a compartir un poco conmigo lo que iba a interpreter aquella misma noche. Luego le escuché atenta y sentí como si me transmitiera algo más longevo que su mirada. Pero apenas sí sé yo escuchar con mis oídos de oyente encarcelada. Puse la mano y todo mi brazo en el bafle, si eso ayuda a idearos mi torpeza. Ni con dos cajas negras podría yo si quiera empezar a atisbar lo que quería él mostrarme aquella noche sagrada.
Moon siguió enamorándose de él mismo a través de mí. Es algo que he notado que a algunos hombres les gusta hacer. Me bailó, me tocó, me besó furtivo en la mejilla como si me entregase todas las ganas contenidas de años de castidad autoregalada. Disfrutaba cuando quería con él, y cuando no sin él. Todo marchaba en perfecta armonía aquella hermosa mañana (¡o qué sé yo qué astro lucía arriba, allá fuera de aquella h/ura que con nutriente tesón nos amamantaba).
También tuve encontronazos con personajes más reales, de andar por casa. Un judío de Wisconsin ¡por ejemplo! que bailaba zalamero al trenecito estrellado contra la pared con un montón más de cuerpos apelotonados, deseosos y juguetones que regalaban feromonas sin importer a quién. ¡Cuánta juventud en personas no medularmente lesionadas! ¡Quién fuera tan inconsciente de todo lo que el cuerpo es capaz de hacer! Luego un surcoreano entrado en años y extasiado –quiero creer que solo borracho- me agasajó con dos billetes de cinco dólares solo por mirarle bailar con naturalidad y hasta casi entretenida (¡me reí un rato largo! ¡Eso no había gitano que se lo saltase!), y cuando le quise devolver la cuantía, se enfadó y se alejó gritando “nononono” ¡en fin! De diferentes maneras de ser y estar en el mundo -¿religiones-culturas?- está la vida llena! ¡Y Blake! Un muchacho que, amigo mediante, me quiso “entregar un baile” (estos estadounidenses son raros, raros… Y este en particular me recordó a mis lozanos 16. Ja) Pidióme permiso y me comunicó su inquietud relacionada con Moon y su sensación de que me poseía mínimamente aquella tarde. ¡Nada más lejos de la realidad! Yo solo me debo a mis sordos, quizás, de deberme a alguien. ¡Pero héte aquí que Moon se enfadó! (o… ¿cómo es que lo llaman? Se puso “celoso”) y la regañina que le eché [¡dije cojones en perfecto español, incluso!] fue el punto y seguido de lo que nunca pudo ni podrá ser, claro. Así petrifico yo las cosas, si no que se lo pregunten a mi médula espinal o a mi prolífica carrera matemática.
Aún así la noche siguió imparable, como cada noche desde que recuerdo. Unas más imparables que otras, otras paralizadas para, quizás, toda una vida ¡qué sabe nadie! El tiempo se agotaba porque en este mundo en el que vivimos de cuerpos, de sillas eléctricas, de transportes accesibles… es limitado y mi culo escarado ya ni se molestaba en recordarme que de ello dependía mi vida.
No hay taxis adaptados disponibles en DC a las 2:30 de la mañana, os hago saber. Y es por cosas como ésta por lo que a veces me da un poco de rabia o pena ser discapacitada. Porque tanta miel en los labios, y después recuerdo que no tengo paladar para casi nada…
Menos mal que Blake apareció salvador de la nada y se encargó de todo lo necesario para sobrevivir en este mundo que habitamos. Nos acompañó a casa.
Y a las 5 de la mañana llegamos. Sara de morros. Anna cansada. Yo a gusto porque ya ni sentía ni padecía mi “dolor” en el culo (por llamarlo de alguna manera, yo con el dolor puse tierra por medio y ni más arrepntida ni encantada…)
Ese día entero fue impresionantemente energético. Quise pasarlo con la Madre de Gianni, pero no pudimos sacarlo adelante… ¡Está bien todo siempre! Si eso es lo que era de pasar. Aunque surgió Pluma Azul de improviso, inesperadamente, y eso no puede más que significar que todo en realidad tiene que ver con todo.
Y nada tiene que ver con nada.
Por la noche, a las doce y media, me puse muy enfermita. Mala, mala. Me recordó a algún momento de hospital que no os voy a explicar porque… ¡menuda gana! Pero entendí que la vida, o yo, lucho hasta extinguirme y no al revés. Y eso por alguna razón que no acabo de entender parce que es lo que tiene que ser.
Me tomé un analgésico, que yo mucho de boquilla, pero a la hora de la verdad soy tan pragmática como el que más.
Y días de vino y rosas, o de horas y horas postrada en la cama. Como inició esta breve historia que hoy os relato.
Buena noche, como decía Edén cuando pensaba que quizás nos volveríamos a ver en cualquier momento/sometime he just said this night. When he understood that all and every night it is just what it is.
Solamente puedo decir… I´m feeling glad, je.
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