Tetraplejia no es un color
Cuando me
desperté… hacía mucha sed y el gotero exhumaba gotas refrescantes por sus
paredes de vidrio y acero. Olía. No a nada en particular que pudiese ahora
mismo describir, simplemente olía todo; la almohada, la medicina, la enfermera
que venía a ponerme asquerosos ungüentos ¡los ungüentos! Que de repente se
abriera para mí el maravilloso mundo de los olores, olfato mediante recuperado
por la avalancha de corticoides que me metían diariamente en el cuerpo, era un
milagro que yo, atea de boquilla y pacotilla, no aprecié más que con obviedad
cansina, aunque eternamente agradecida y no sin poco estremecimiento. ¿¡Y el
respirar!? ¡qué absurda necesidad creada que nos meten estos del marketing de
la evolución, o la supervivencia o quien sea que se encargue de eso! ¡un
atraso, señorxs! ¡un atraso y un motivo más para agrandar la brecha de la
desigualdad social! ¡Y eso se lo digo yo, que de eso sé yo un rato!
Y luego,
con lo a gusto que estaba yo con todo allí, organizado, respirándome aquella
máquina por mí, y yo solo encargada de viajar por los lugares más lejanos del
universo… ¡bueno! También algún momento de asqueroso límite cerebral que no
describo aquí por la escatología que sería grafiarlo completo. Pero en general
[me] la pasaba bien, sobretodo de noche, aunque también tenía un poco como de
algo que bien podría denominarlo ahora con esa palabra comodín que llamamos “miedo”. Pero entonces no era eso. Y no
por falta de palabras, que siguieron estando allí aunque no me hicieran falta
para nada, así que no las usaba en ningún momento. No necesitaba nada, come on, what are you talking about!? ¡Lo tenía
todo ya! En el peor de los casos, si me atragantaba con una mucosidad ingente
que emergía de mi garganta, solo tenía que escupirla hacia fuera mientras
resbalaba viscosa por toda mi cara, y mis párpados se cerraban de nuevo hasta
que llegara alguna de aquellas almas que diligente me retiraba todo aquello
¡Tarán! ¡era mágico! ¡como un sueño! (¡espera! ¿fue solo un sueño…?) Una vez
casi me muero ¡bueno! una que yo recuerde, que hubo más por lo visto –en las
pantallas, o monitores ¡o pulsómetros! o donde sea que ven esas cosas los del
gremio-. Sabía, pues acepté armoniosamente y casi con displicencia mi nueva
condición de solo ser pensante, que ellos no iban a entender mi
comunicación, que vendríamos a llamarla ahora como telepática, supongo (dije que no usaba entonces las palabras,
asíque ahora al intentar interpretarlas a este, mi castellano, me quedan un
poco descompensados y cojos los conceptos), gritaba y el hospital entero volaba
por los aires, Valencia ¡España! Se levantaba todo el agua de los océanos y el
sol de apagaba y la nada se expandía más allá del cielo y el infierno. ¡Y nada!
Allí no venía ni dios, ni las enfermeras.
Y yo me iba a
morir ya, casi seguro…
¡Bueno! no era todavía el momento.
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