Estoy aquí, a las intempestivas horas estadounidenses de las 10 de la noche en mi oficina en Gallaudet. ¿¡Te lo puedes creer!? ¡Una oficina con ventana y todo! ¡¡en Gallaudet University!! ¡Es para morirse de risa! J ¡Yo! Con lo pequeñita que era... ¡y que soy! Tengo la sensación de que un día van a entrar en mitad de mi clase unos señores (probablemente Sordos -y caminantes-) y van a desenmascararme, pidiéndome que vuelva por donde he venido, que deje de inventarme que sé LSE, que deje de querer hacer parecer que tengo capacidad para enseñarla... Incluso hay días que pienso que los señores que llegan a Gallaudet son oyentes, y que nos agarran por los pelos a todos los signantes que habitamos este mundo de los Sordos y nos echan a patadas a ese otro mundo más grande, más horrible, (el “mundo real” que llaman ellos) que ellos mismos han creado a su imagen y semejanza, sin contar con nadie más que sus ombligos... ¡pero bueno! Pesadillas a parte, sigo viviendo un edulcorado sueño.
Soy consciente de todas las contradicciones brutales por las que vagamente deambulo cada día, en cada segundo y pensamiento. Por un lado veo la barbaridad que es esta cultura, esta sociedad consumista e hipertecnológica. Este imperialismo ideológico y moral que queremos extender cual misioneros redentores a lo largo y ancho del planeta del que nos sentimos amos (y hablo como yankee, pero también como europea -cultura occidental capitalista de los Países del Norte-), pero por otro lado veo que, en lo que a mí se refiere, no me viene del todo mal, muy al contrario, me hace mucho bien. Sin la propia tecnología estaría muerta, que no es condición desdeñable pero sí harto restrictiva. No podría caminar ¡ni escribir! que es parte fundamental en esta, mi vida.
Y esto de la tecnología se extiende hasta donde humildemente podemos recordar, que no es mucho. En lo que a mi campo se refiere (y es que ahora, como siempre, no puedo más que pensar a través del lenguaje y su más popular expresión, que son las lenguas) la escritura que me viste y calza no alcanza más que a unos 2100 años atrás (tecnología esta del escribir a la cual, por cierto, Sócrates se oponía, como mi padre al internés, jaja), pero aquí nos tienes a más de 1000 millones de personas chapurreando -o “destrozándolo”, que dirían algunos exquisitos y conservadores cultos- el latín ¡y su grafía! La cual utilizamos unas 2000 millones de personas en todo el mundo ¡y aumentando! El inglés se extiende cada día, y en lo que a lenguas de signos se refiere, la ASL va copando territorios por momentos. Es un hecho parece que imparable. ¿lo es? ¿a alguien le importa? ¿merece la pena? ¿compensa? Me imagino a algún utilitarista argumentando convencido, puede incluido que hasta sin parpadear si quiera, que es muy útil para comunicarse y todo lo que ello conlleva; aplicar los conocimientos que de otra forma ¿para qué servirían?, hacer comunidad ¡y un mundo mejor! ¡y vaya usté a saber cuántas ilusas e inocentes ideas más! ¡¡Y no le faltaría razón, cuidao! Pero a mí me dice siempre tímida una vocecilla que sale desde lo más profundo de mi ombligo creo ¿compensa? Y aquí otra vez la contradicción gigante que me debora por dentro responde vehementemente que no, desde que recuerdo que tengo uso de razón. No compensa morir para que otros vivan acaparando más lo que es de todos o, al menos, no es de nadie. Pero a su vez tampoco compensa vivir, “pase lo que pase”.
Cuando parece que al fin logré atisbar levemente toda la perfecta maquinaria armónica del mundo, me doy cuenta de que en realidad lo que me pasa es que no entiendo nada...L
También es que, por lo visto, soy muy idealista y romántica, y me parece que cualquier lengua pasada fue mejor. O que cualquier lengua minoritaria, cual persona diferente, es intrínsecamente más buena que estas engullidoras máquinas de transformar –cuando no directamente aniquilar- que son los idiomas imperialistas tales como el español o el inglés (también soy bastante etnocentrista... ¡no me falta un complemento!) Me gustaría poder ver, aun que solo fuera por un momento, con malos ojos todo aquello que es externo a mí, como por ejemplo tú, o poder ver con el mismo amor como veo la lengua de signos maya yucateca la cultura que me ha tocado en suerte y que me impregna tanto que realmente me cuesta discerner qué es sangre mía y cuál de todos los que anteriormente me precedieron con la suya misma...
Me castigo muchas veces por todo lo que soy y vengo siendo. Por todo lo que consumo, gasto, extermino, esclavizo, contamino, destrozo en cada movimiento que hago. Que si gasto electricidad, que si hago fotocopias de más, que si vuelo... No tomo Coca-cola sino agua del grifo, compro ”lo justo”, o sea nada que “no sea necesario” (¡me gustaría verme en otra vida con la mitad ¡y el doble! de lo que ahora considero necesario) ¡pero vivo en la capital del engranaje atroz de este momento histórico! ¡Aquí y ahora! ¡¡con un par (de ovarios)!! ¿cómo puede alguien vivir sin volverse loco? Podría irme a vivir a España, que es a donde pertenezco, si realmente creyera que pertenecemos a algo o alguien. Podría irme a Yucatán y aprender a vivir como ellos viven, no como nosotros les imponemos (ahí lo de la silla ¡mierda! me da hasta rabia, a veces ¿o es pena? ¡ya no sé ni nombrar lo que me ocurre de piel para dentro...!) Podría incluso disfrutar de estar aquí, donde estoy, a intempestivas horas de la noche (ya las 23:30) creyendo que hay algo remoto que infinitésimamente se puede controlar, y que realmente el enseñar LSE a signantes nativos a través de la ASL y alguna que otra lengua más sirve para hacer de este mundo un lugar mejor. Que poner en contacto a Sordos allende los mares cambia de algún modo la inercia de la Historia. Que documentar los signos de Haití preserva y ralentiza esta masacre que acabará por diezmar al virus del ser humano que en realidad lo que pasó es que nunca hubo de proliferar tanto. Que trabajar con niños en riesgo de exclusión social, visitar a presos en cárceles, compartir momentos con homeless en las calles tiene algún beneficio ulterior más que saciar mi sed de absurdo contacto humano y desesperación por emerger de las aguas profundas de la injusticia social que hemos creado por ambiciosos y avaros. Que siga yo viviendo mi vida, siendo quien soy, una mujer tetrapléjica entre otras cosas, es ya mismamente un fin universal en sí mismo, llenando así este mundo en el que todos vivimos con mi manera de ser y estar en él, que no es imprescindible, pero sí lo enriquece de manera única y especial...
Entonces yo sola me contesto, cual Morla milenaria, que << todo se repite eternamente: el día y la noche, el verano y el invierno.. el mundo está vacío y no tiene sentido. Todo se mueve en círculos. Lo que aparece debe desaparecer y lo que nace debe morir. Todo pasa: el bien y el mal, la estupidez y la sabiduría, la belleza y la fealdad. Todo está vacío. Nada es verdad. Nada es importante.>> Quizás solo sea una burda purga a mi lacerante sentimiento de culpabilidad, pero no puedo vivir subyugada a él, porque además, haga lo que haga, no se termina de ir, apenas sí empieza a darse cuenta de que está.
Cuando me pongo a pensar, preferiría entonces no pensar, y ser solo acción. Y cuando actúo se me olvida este desasosiego vital que no es más que germen mismo de que estoy viva, constreñida en mi cuerpo. Quisiera compartirme en alma con todo lo que es y me rodea, pero entre que pasa y no pasa, aquí sigo disfrutando de todo aquello por los que otros lucharon incansables, se rompieron el seso. Y ahora yo, usufructuaria de esta herencia que en realidad desconfío muy mucho de que sea buena para nadie, yo incluida, ando viendo cómo la traspaso como mejor pueda, sin hacer mal a nadie, todo lo contrario, estando plenamente convencida de que en realidad lo único válido de todo esto es que cada uno busque, encuentre y disfrute su camino, junto a todos y todo.
Luego lo de que no creo en el sistema, ni en la educación, ni en la escritura, ni ya si quiera en las lenguas (q no en el lenguaje ¿¡cómo no podría creer en el lenguaje!?) es harina de otro costal. También siento que he anulado mi capacidad de criterio y juicio, y no sé si eso fue labor de la tetraplejia, el desamor, la educación superior de calidad, la cultura yankee... Este saberme incapaz de empatizar, cuando el tiempo o la sociedad nos exige hacerlo al orden de mil historias por segundo, cual máquina de churros o fábrica de ensamble de coches, me desgasta el sentido común, me agota la impaciencia.
Y no quisiera que sonara mártir o victimista, ni tampoco privilegiada o sensacionalista (&Ni tan arrepentida ni encantada de haberme conocido, lo confieso&) Tan solo son ideas que he vomitado en un documento de texto en blanco, sin orden ni concierto, y que no sé si tienen alguna cohesión y/o coherencia... ¿se entiende algo de lo que escribo? ¿tiene sentido? ¿compensa?