Y de vuelta a este lugar que llamo casa, a la rutina de mis clases, mis alumnxs, mi mundo silencioso que adoro.
Descubrí, él me lo contó, que un muchacho tiene esclerosis múltiple. Me lo dijo como quien se declara afiliado a un club de fútbol -o quizás con menos dramatismo-. Yo, que no conocía el signo, le pedí que me lo explicara y me anduvo enumerando los síntomas que tiene cuando no está bajo los efectos de la marihuana. Y sin embargo es tan guapo... ¡¡A ver!! ¡No se me malentienda! Digo yo que ya me medio-gustaba, pero al dactilologearme su enfermedad de repente y sin criterio objetivo alguno, creció en mi exponencialmente el amor que le profesaba (¡y sigue estando igual de bueno!) ¿¡y por qué!? yo me pregunto ¿¡por qué le valoro y le quiero más ahora que sé su pequeño secreto!? (que es una condición completamente circunstancial) ¿se parecerá a aquellas personas que dicen que me admiran porque la obviedad de estar joven y en silla no deja confusión a que, efectivamente, tengo otra forma diferente de afrontar la vida? ¡Qué curioso! ¿Se parecerá también a aquello que sintió el ahora ¨mi ex-¨, pero al revés, que decidió salir corriendo en dirección contraria al designio que nos tenía preparada la vida?
Y que luego cada uno es un mundo y hace de su vida un sayo, eso está claro. Y que todxs afrontamos el universo de manera única, personal e intrasferible, como los cuadernos de lengua del colegio, donde Sigifredo nos rotulaba bonito en letras de fuentes inverosímiles ¡y a mano! los famosos "dictados" que a día de hoy parecen viejos y obsoletos ejercicios de retazos de libros polvorientos de hojas y tintas y puños y letras olvidados.
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